18 mar. 2009

Voces volcánicas.

Muchas voces isleñas perdieron su significado o cambiaron de género para adaptarse a la gramática de la lengua dominante. Devolverle ahora su verdadera identidad permite descifrar aquel pasado con su propia voz, marcando así una referencia imprescindible a la hora de calibrar el alcance de los cambios culturales que han tenido lugar. Y un dominio donde estos aspectos se pueden observar con certera plasticidad emana por ejemplo del vocabulario volcánico, muy reducido todavía en sus expresiones resueltas, pero que rinde ya algunos datos interesantes acerca de la percepción nativa del fenómeno.


Aún se cuentan por miles los topónimos ínsuloamazighes que aguardan un estudio filológico exhaustivo. Seguro que no es necesario insistir en el generoso testimonio lingüístico e histórico que contienen, por cuanto la onomástica geográfica retiene con frecuencia rasgos socioculturales muy reveladores a propósito de los seres humanos que han hecho su vida en un territorio determinado. Referencias ideológicas, naturalistas y económicas constituyen las tres instancias principales, a veces incluso enlazadas, desde las que se suelen conjugar tales designaciones.

El catálogo de valores concretos resulta tan extenso como la imaginación y el horizonte comunicativo que requieran los habitantes de un lugar. Antecedentes identitarios, sembrados de nombres tribales y antepasados clasificatorios (epónimos), procuran ese anclaje sociohistórico sobre el que la comunidad forja las ideas, costumbres, hitos y relaciones que definen su personalidad diferencial. Todo ello arma una especie de apropiación simbólica de un medio que, no obstante, se ha de nominar también en función de las estrategias de subsistencia. El vocabulario toponímico constata y describe ubicaciones y calidades (activas o potenciales), pero así mismo refleja formas de explotación. Como es lógico, la percepción del entorno nunca permanece ajena a la creación social del espacio y, por consiguiente, vive en la interacción dialéctica establecida entre las personas y el resto de la realidad física.

Simples nombres de plantas, animales, colores, sabores, substancias o partes del cuerpo humano por ejemplo, que en ocasiones se mencionan inclusive con ciertas cargas sensitivas y emotivas, ilustran muy bien la cosmovisión que una sociedad antigua ha necesitado fraguar para reproducir las condiciones de su existencia natural y colectiva. Ahora bien, que la investigación logre formarse una imagen diáfana de ese pensamiento, pasa por evitar los anacronismos y operar desde las claves culturales que se van descubriendo. Bastan cuatro generaciones para que una lengua o una modalidad de habla desparezcan, y no digamos nada si esa comunidad ha sido sometida a una presión social más o menos prolongada. Pero, salvo en casos de extinción física de la población, cosa que no aconteció en Canarias, siempre ocurre algún grado de mestizaje lingüístico, al tiempo que, en alguna medida, prevalece esa visión indígena del mundo en el nuevo régimen mientras se conservan las formas de vida con las que ha guardado relación. 

Otro asunto distinto es la torsión que suelen sufrir esos ingredientes durante este tránsito, muy acusada en el ámbito del lenguaje debido a la decadencia del sistema de comunicación ínsuloamazighe.En ese proceso, muchas voces isleñas perdieron su significado o cambiaron de género para adaptarse a la gramática de la lengua dominante. Devolverle ahora su verdadera identidad, a través de un análisis etimológico cada día un poco más depurado, permite descifrar aquel pasado con su propia voz, marcando así una referencia imprescindible a la hora de calibrar el alcance de los cambios culturales que han tenido lugar. Y un dominio donde estos aspectos se pueden observar con certera plasticidad emana por ejemplo del vocabulario volcánico, muy reducido todavía en sus expresiones resueltas, pero que rinde ya algunos datos interesantes acerca de la percepción nativa del fenómeno.

Con seguridad, el paradigma de esas mutaciones reside en el Teide, que nunca fue un término masculino ni emblema de esencias benéficas y, mucho menos, patrióticas. Una mole semejante, cuyas expresiones vitales no podían infundir otra cosa que temores infernales, recibió dos nombres nada equívocos: Teide (tĕydit), ‘la perra’ cuyo cuerpo acogía la más impresionante boca de la ‘malignidad’ o Echeide (eššăd́), también era conocida por la denominación de otro personaje siniestro, Taraire (tarair), una ‘ogresa’ todavía amenazante en los cuentos amazighes.Dentro de unos meses, el noviembre próximo, se cumplen cien años de la erupción del Chinyero (šinyăr), la última vez que la isla de Tenerife vio la pavorosa exhibición de ‘vapores que produce una fritura’ magmática. Noción similar a la que desprendía ya en el pasado el palmero Roque de Tiniguiga (te-n-egiga), comarca famosa hace unas pocas décadas (1971) por el estallido de su variante gráfica, el volcán Teneguía, ‘una del vapor (caliente) o humo’.Porque de una ‘fisura en el suelo’ o Teaguia (tăgăyt), también llamada Teguseo (teguz) o ‘abertura’, sólo cabe esperar otra emergencia eruptiva como la desencadenada en La Palma el mes de mayo de 1585. Todo ello con su devastadora secuela de Tacande (takăndăy) o ‘piedra quemada’ y ‘picón’ gomero o Esnene (ess-əgnăynăy), una ‘destucción, ruina’ o Tahiche (taghiššădt) que, no obstante, también ha diseñado algún que otro jameo (xam) o ‘casa’ y hermosas hoyas naturales, como la ‘caldera’ de Fireva (firăw), en El Hierro.Lo que hoy inspira una sensación de sobrecogedora belleza desatada, para los antiguos isleños era una aterradora eminencia que expulsaba secreciones con estrépito, como recuerdan la ‘cumbre que moquea’ en Nisdafe (nəssəd́-aghf), la ‘montaña que vierte’ en Timanfaya (timmăy-anffay) o la ‘supuración’ que algún día drenó las entrañas del Guanapay (Wanaffay). Naturaleza derramada cuyos ‘flujos engullen’ la vida en Tizalaya (tizalayyah), hasta que la deriva de las Islas apaga tarde o temprano esa potencia colosal y deja sólo un ‘viejo volcán extinto’ o Tajaste (taghast), la mayoría de las veces fondeado a un paso de las feroces dentelladas inmobiliarias del progreso y el olvido.


Autor: Ignacio Reyes García

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