16 de feb. de 2009

Palabras en el tiempo.

Diversos testimonios llevan a pensar que los antiguos isleños utilizaron un calendario lunar y otro solar, donde las evoluciones de estrellas como Sirio (Alfa Canis Majoris) o Canopo (Alfa Carinae) ayudaron a fijar referencias determinantes. El diseño cronológico no resulta extraño ni siquiera en la actualidad, aunque pocas veces se repare en ello. Todo depende del registro al que se asocie el acontecimiento natural o social en cuestión.


Preocupado por la supervivencia, el ser humano comprendió pronto que las regularidades celestes le ofrecían la posibilidad de organizar y hasta prever sus condiciones de existencia. La concepción arquetípica del tiempo invocó desde entonces un transcurso lineal, un fluir inexorable e irreversible, aunque dentro de una secuencia continua y repetida de ciclos, como la oruga que arrastra su universo de anillos enlazados en un movimiento infinito. Y así, igual que la aventura cotidiana madura en la carrera del Sol o las fases de la Luna ritman la cadencia de olas y hojas o una etapa de gestación precede siempre a todo alumbramiento, cualquier manifestación de vida se contiene y expresa en un lapso imprescindible. Aunque, como ya señalara el filósofo y cosmólogo jonio Anaximandro de Mileto (610-545 a.n.e.), «La fuente de la generación de todas las cosas es aquella que también conduce a su destrucción» (Simplicio, Física 24, 17), porque la consumación de la necesidad se produce, en azarosa contradicción con la realidad, conforme al juicio de las horas...



De causalidad habla también la tradición amazighe. La identidad comunitaria, donde alienta el sujeto, perdura en la continuidad de ciertas pautas socioculturales. La fertilización diaria de esa consciencia común implica a todos sus miembros, vivos en el tiempo denso de los días o en el etérico donde residen los muertos y los invisibles. Porque, de la misma manera que sociedad y naturaleza componen un espacio unívoco, también los mundos espiritual y sensible se conciben integrados.



Quizá por esta conjugación necesaria de experiencia racional e intuitiva en la comprensión y recreación del modelo cosmogónico, el sistema verbal amazighe opera fundamentalmente con la noción de aspecto, que, en términos generales, designa matices no temporales en el desarrollo de la acción. Por tanto, el acto se define por la representación que de él se hace el sujeto y no por su relación con el tiempo. De ahí que el verbo presente dos perfiles básicos: un aspecto perfectivo o permanente, donde la acción se percibe como una totalidad estática o acabada, y un aspecto imperfectivo o procesal, con el que el hablante constata el desenvolvimiento de la acción en curso.



Pero conocemos muy poco de las ideas y categorías isleñas acerca del tiempo, una trama compleja en la cultura amazighe, pues todo, lo material y lo sutil, vive en interconexión y con voluntad propia. Cada día, mes o estación del año presenta períodos benéficos y nefastos para las personas, los animales, las labores, etc. Si, por ejemplo, una loza se fabrica en momentos sombríos, esa energía negativa se trasladaría a la pieza, impregnando a su vez cualquier uso posterior. Por esto mismo, durante las tareas agrícolas se pronuncian oraciones y se canta para pedir el favor de los antepasados y de las fuerzas invisibles. Así, las grandes magnitudes temporales juegan, qué duda cabe, un papel importante, pero también los intervalos más breves y frecuentes que las atraviesan.



Diversos testimonios llevan a pensar que los antiguos isleños utilizaron un calendario lunar y otro solar, donde las evoluciones de estrellas como Sirio (Alfa Canis Majoris) o Canopo (Alfa Carinae) ayudaron a fijar referencias determinantes. El diseño cronológico no resulta extraño ni siquiera en la actualidad, aunque pocas veces se repare en ello. Todo depende del registro al que se asocie el acontecimiento natural o social en cuestión. Para la correspondiente conmesuración entre ambas series, basta con aplicar el ciclo metónico, empleado ya en Mesopotamia desde mediados del primer milenio a.n.e., por el cual, cada 19 años, las mismas fechas del cómputo solar coinciden con idénticas fases lunares.Las fuentes coloniales no captaron bien esta circunstancia y a menudo sus descripciones se prestan a equívocos, aunque, al tratarse de una información estratégica, tampoco era de esperar que la población nativa fuera muy explícita. En cualquier caso, el vocabulario ínsuloamazighe llegado hasta nosotros por esa vía no aporta detalles muy prolijos, aunque brinda eslabones de indudable interés. He aquí una reseña sumaria de ese léxico temporal.



El médico teldense Tomás Marín de Cubas (1643-1704), una figura excepcional en la historiografía insular, señala que el día comenzaba con la entrada de la noche, justo después del enac (enaq) o ‘atardecer’, y era celebrado con hogueras y convites, aunque su denominación, maguei, se identificaba con el Sol. Y, pese a que los diversos dialectos continentales de la lengua amazighe suelen asignar el género femenino a este astro, en Canarias esa atribución no se ha podido confirmar todavía. Casi siempre, sus varias designaciones poseen sólo, como en esta expresión (m-awăy ‘guía’), la morfología de un adjetivo singulativo o individualizado. Un informe mucho más tardío, el del oficial francés Jean-Baptiste Bory de Saint Vincent (1803), advierte de la distinción entre un 'sol de verano', lia (əlləya), ‘que pende, oscila o asciende’, y un ‘sol de invierno’, mag (magg), ‘que aparece o se manifiesta’ apenas. Pero las estaciones son acaso el capítulo más inconcreto en la terminología disponible. De cierto, sólo es posible atestiguar el período de mayor insolación, un beñesmer (wənna-əsmer) que marca ‘el (tiempo) de consumación, evaporación o término’, es decir, la conclusión del ciclo agrícola o era (erah) en el que se producía la ‘siega’ o ‘recompensa’, festejada durante varios días. Un año claramente económico, como el que se intuye en el ‘banquete comunitario’ celebrado por la población bimbache bajo el título guatatiboa (wătay-təwwat ‘aniversario comunal’).Ahora bien, el cálculo lunar nos ha dejado así mismo algunos enunciados particulares, como una anualidad llamada achano (ašannaw), con su estela de ‘brillos’ o ‘resplandores de luna’, un cel, cela o sel (zel) que, según Bory, servía además para indicar cada uno de los meses. Cosas, en fin, de ‘otra época’, de ‘tiempo atrás’ o del siniquitate (sen-kătat), como aún se dice, cada vez menos, en Gran Canaria. Porque ya nadie acude a Chiguergue (əšəgər-əg), en Tenerife, para ‘controlar el paso del tiempo’ ni formula cuentas calendáricas en los paneles de la Cueva Pintada de Gáldar...



Ignacio Reyes García.



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